Leer: El Asalto al Hades (edición 2010)

Uno de los temas de este libro tiene que ver con el actual debate sobre las teorías de la evolución de las especies. Desde que las teorías de la evolución irrumpieron en el mundo científico en el siglo XIX, estuvieron mediatizadas por su aplicación al orden social: hacía falta justificar la dominación, el saqueo y la jerarquía social. Dos escuelas de pensamiento sobre la evolución se enfrentaron entonces, la que representaba Darwin y la que representaba Kropotkin.

En el primer capítulo de este libro Casilda Rodriñaguez trata de explicar la vigencia de la teoría de Kropotkin en línea con la teoría actual de la simbiogénesis (Lynn Margulis), la autopoyésis y la autorregulación (Maturana y Varela).

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La sinergia se hace desde lo simple y con el impulso de la forma de vida más simple, cuya autorregulación y dinámica propia no se anula sino que pasa a formar parte de lo más complejo. Por eso cada parte que integra un organismo complejo ‘sabe’ lo que tiene que hacer y lo hace sin que nadie se lo diga, sin línea de mandos ni jerarquía. La vida y su diversidad es una filo-génesis de 3 mil millones de años como mínimo; es así, funciona así y no tiene parangón con diseño artificial alguno.

La apertura de los sistemas orgánicos autopoyéticos (Maturana y Varela), y el transvase in-formacional entre ellos, funciona primordialmente para el mantenimiento y la autorregulación de cada uno de ellos, y no para su destrucción.   Todos los entes orgánicos viven dentro de un ecosistema, ninguno vive aisladamente, por el contrario vive en tanto que forma parte de una cadena de seres vivos en interacción in-formacional.  Si la dinámica de dicha interacción fuera principalmente de depredación, no habría seres vivos, ni vida; sería una dinámica autodestructiva.    Por eso la depredación entre las especies no está situada al nivel del funcionamiento básico de la vida, sino a otro nivel secundario con respecto al básico, que es la interacción cooperativa.

La ayuda mutua que Kropotkin contemplaba en las estepas rusas, se ha confirmado en la vida microscópica, explicando la evolución como un proceso de asentamiento de la interacción cooperativa.

Hoy el enfrentamiento entre Darwin y Kropotkin ha sido desplazado por un supuesto enfrentamiento entre el darwinismo y el creacionismo.  El darwinismo justifica una jerarquía y una dominación al arbitrio de las aptitudes o la capacidad de un@s de imponerse sobre l@s demás. Las creacionistas intentan justificar una dominación más absoluta, en la que cada cual tendría su misión definida por el creador (llámese Ser Supremo, Dios, Universo consciente, etc.etc.).  El creacionismo es la justificación de un tipo de sociedad esclavista como la antigua hinduista (Código de Manú, etc.): además, o en lugar, de prohibir tal o cual cosa, se encomienda una misión que cumplir. Mientras que la prohibición de cosas concretas deja un margen de maniobra para lo demás, la misión esclaviza la vida entera.

El creacionismo claro está, no destaca la sinergia como organización resultante del proceso evolutivo, una sinergia que se construye con el movimiento propio interno y autorregulado de cada ser vivo. Por el contrario, tiene un especial interés en mostrar a los seres vivos sin dinámica propia y la jerarquía como algo natural, porque detrás del creacionismo en todas sus variantes está la justificación de la dominación totalitaria.

El asalto al Hades es una propuesta de recuperar la vida que quedó prohibida y excluida.

Los mitólogos inventaron el Hades para recrear la vida que  no debía saberse ni imaginarse; las manzanas y la serpiente, símbolos del placer que impulsa la vida, fueron conquistadas y destruidas por Hércules, arquetipo del nuevo ser humano, que instituye la superioridad masculina y sustituye el principio  del placer por el de la fuerza física.  Posteriormente, los mitólogos cambiaron el Hades por el Infierno, creando el sentimiento de culpabilidad para quienes se dejan llevar por su vitalidad, como Eva, por quien entró el pecado en el mundo: la historia del Jardín del Edén (con la prohibición del fruto, simultánea al acceso del conocimiento del bien y del mal, y a la satanización de la serpiente) es el re-make judeocristiano de la historia de Hércules en el Jardín de las Hespérides.  Así se institucionalizan la enemistad entre la mujer y la serpiente –su sexualidad-, el dominio del hombre sobre la mujer y el parto con dolor; en definitiva, el matricidio.

      No sólo la mitología, también otros campos del conocimiento (biología, arqueología, etc.) y, sobre todo, la experiencia sensible y afectiva de nuestros cuerpos nos descubren la vida prohibida y ponen de manifiesto sus cualidades, derivadas de su condición autopoyética, autorreguladora, cooperativa, sinérgica y an-árquica.

     En el centro de lo prohibido está la propia vida psicoafectiva y sexual y la función social de la función materna y paterna por pura naturaleza.

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